¿Cómo encontré mi propósito personal?

Lo del propósito personal se ha convertido en moda. Oigo a muchas personas hablar de su propósito personal y os voy a ser sincero: lo he estado buscando durante años. Me he leído todos los libros al respecto; he hecho todas las dinámicas para conocer mi ikigai; me he apuntado a varios talleres que prometían hallarlo. Encontraba alguna frase molona, pero, al cabo de los días, me daba cuenta de que no era lo que, de verdad, me movía.

Voy a reconocerlo. Me sentía un poco frustrado. Creo que no soy el único.

La buena pista la encontré en un taller con Eugenio Moliní, un consultor español que suele compartir perlas de sabiduría. En su opinión, nuestro propósito está muy relacionado con nuestro dolor más profundo, porque aquello que queremos cambiar en el mundo es aquello que no nos gusta de nosotros. A eso lo llama vocación. En definitiva, quiero cambiar el mundo para aliviar mi dolor.

No me negaréis que es una buena manera de verlo desde otro punto de vista. En lugar de preguntarte cuál es tu propósito personal, trata de responder a esta otra pregunta: ¿cuál es tu dolor más profundo? A mi resultó mucho más fácil.

Cuando leí este comentario en Twitter, reconocí inmediatamente que estaba tocando en el punto donde más me duele.

Me educaron los curas para esconder las emociones y obedecer. Sólo muchos años más tarde la vida me enseño mi verdadera esencia: una alta sensibilidad y gran creatividad. Si todavía siguiera los postulados y los dogmas de la escuela seguiría siendo la persona desgraciada que era hace 10 años. Aunque, entonces, no lo sabía. Me tomaba cada mañana las pastillas que me recetaban los médicos para esconder el dolor con el que mi cuerpo me estaba avisando que no iba por el camino correcto. O seguiría refugiándome en el alcohol, y otras adicciones, para evadirme de una realidad que no me gustaba.

La primera vez que escuché a Ken Robinson, en la famosa charla TED en la que habla sobre cómo las escuelas matan la creatividad, tuve un momento aha!. Me habían estado matando mi creatividad. Tuve un jefe que me decía a todas horas, y a voces, que no sabía escribir. De hecho, cuando vi el vídeo de Ken Robinson, llevaba dos años sin coger un boli para escribir.

Otra anécdota reveladora sobre la escuela que padecí. En este caso en la Universidad. El catedrático titular enfermó aquel año y las clases las dio una meritoria del departamento. Obviamente, nos examinó sobre el libro que había ganado su «jefe» y en el que contenía su conocimiento. Al decir las notas de los exámenes a la clase y llegar mi turno, me pidió que habláramos en el despacho. Allí, me dijo que mi examen era el mejor de la clase pero me había suspendido. «Ha citado a otros autores, ha rebatido sus tesis y ha concluido con sus propias opiniones y sus porqués. Pero, no estoy segura de que haya leído el libro». No recuerdo ya si le llegué a contestar que no había puesto nada del libro del catedrático porque me parecía de una calidad ínfima (por no decir algo más ofensivo). En septiembre, repetí como un papagayo los argumentos del libro y aprobé.

Esa es la escuela que no es ni emocional ni democrática. La que fabrica mentes uniformes y no prepara a las personas para un mundo diverso y cambiante constantemente. La que no potencia los dones de las personas. Y, en la que los profesores están más preocupados de que no se note su mediocridad que en hacer florecer los verdaderos hombres y mujeres del mañana.

«Solo se puede aprender aquello que se ama».

Francisco Mora, neuropsicólogo y autor de ‘NeuroEducación’.

Ahí estaba mi vocación. En combatir todo eso. En hacer que las personas descubran que son seres únicos, que eliminen todos los bloqueos que profesores como el que escribe el comentario de twitter les ponen, en aprender a convivir entre genios. Y en acabar con la dictadura de la mente y sacar de la opresión a las emociones (sin ellas no hay pasión y por eso el 80% de los trabajadores del mundo odia los lunes). Y, en mostrar al mundo que hay otra formas de gobernarnos en las que todas las voces son escuchadas (Si no te lo crees te invito a que veas este documental sobre escuelas democráticas).

En definitiva, que las personas no están equivocadas, sino que están en un entorno equivocado. Mi misión es divulgar estas ideas para actualizar el viejo software del ordeno y mando y que empiecen a operar en la versión del siglo XXI

Y, ése es mi propósito personal. Y, así lo descubrí.

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